A un padre,

A veces me pregunta por ti. Sus ojos reflejan todo lo que tú nunca tuviste pero en cambio, se parecen tanto a los tuyos…Son azules, limpios y puros, como las primeras gotas de agua que provocan el nacimiento de los ríos, y cada vez que los miro, yo también renazco. También eran azules los tuyos, como las primeras gotas de agua de una tormenta, tras la cual, siempre había un silencio. Imagina una ventana a un mundo nuevo, lleno de dudas e inquietudes, de asombro por cosas tan pequeñas como el bote de un balón o las notas musicales recién salidas de tu vieja guitarra, “¿cómo lo haces mamá?” Su cabeza está siempre tan llena de preguntas por resolver, ignorando que es ella quién tiene todas las respuestas, incluso las de las preguntas que yo no me atrevo a plantearme. “¿Dónde está papá?” “Siempre a tu lado, cariño” “Y entonces, ¿por qué no puedo verlo?” “Él se esconde y te mira desde lejos”.
Hoy ha llegado a casa y, con la seguridad que adquieren los niños cuando aprenden algo en el colegio, me ha dicho que no podía verte porque eras un ángel. Me ha explicado que los ángeles nos ven desde un lugar llamado cielo donde solo existe la alegría, que nosotros estamos en su corazón, así que no dejan que nada malo nos ocurra. Dice que por eso ella es feliz, porque tú haces que lo sea. Solo he podido darle un abrazo y ninguna explicación, porque mi corazón lloraba mientras mi mente recordaba cuánto daño eras capaz de hacer, y todo mi cuerpo me ha pedido silencio ante la imagen que nuestra pequeña se ha formado en su cabeza. 
De mi epidermis han resurgido viejas cicatrices que, al pensarte, aún duelen y mis labios han vuelto a callar todos mis pensamientos, como hacías tú cuando llegabas a casa con una copa de más y me alzabas la voz por encima de las nubes, desde donde yo caía una y otra vez. Por eso me da miedo el cielo y sé que después de subir a lo más alto con un perdón tuyo, solo queda caer de un golpe contra el suelo.
Durante un tiempo conseguiste que yo también creyese en los ángeles de la guarda y en  que eras tú quien ejercía esa función. Te veía brillar como brillan las estrellas y me sentía tan afortunada de que me hubieses elegido a mí, que estaba dispuesta a dejarte pasar por encima siete veces al día, y arrasarme, porque eras la catástrofe más bonita que había visto nunca. Amaba la forma en que sonreías, tus cambios de humor, la textura de tu voz y el peso que ejercían tus manos sobre mi espalda, hasta que un día pasé a adorarlo. Sí, porque yo debía postrarme ante tu figura, como si de un ente supremo se tratase, para no sufrir la ira de los dioses, aunque las sonrisas ya no fuesen dirigidas a mí y la piel de mi espalda se hubiese convertido en coraza para que el impacto de tus gritos y tus manotazos fuese el menor posible.

Ahora, que estoy fuera de tu cárcel, sé que tuviste la oportunidad de ser el cielo entero y te decantaste por quemarme como el infierno. Ahora, que he recuperado todo lo que un día me quitaste, sé que tan solo eres Luna y que tu brillo solo es un reflejo de la luz del resto. Ahora, miro a nuestra hija y veo en ella todas las soluciones a la ecuación más difícil de mi vida y, con la seguridad que se adquiere con los años, soy capaz de decirme a mí misma que es mejor que imagine al padre de sus sueños que conocerte y tener que escapar de tus garras. Solo espero que, si alguna vez vuestros caminos se cruzan, sepas ser un ángel o al menos, un padre.

Fdo: una madre.
                                                                                        


                                                                                     ("Cartas a un maltratador" 2014)

Comentarios

Entradas populares