Aún hay muchos que me preguntan por qué quiero volver, pero claro, ellos no han tenido la suerte de rozar la magia que guardan tus manos, ni han podido disfrutar del tobogán que son tus pupilas. No han visto como, al final de ese parque de atracciones de tus ojos, se esconde un corazón de hierro que tiene tanta fuerza que es capaz de hacer que hasta el Sol gravite en torno a él.
Y por supuesto, no pueden ni imaginar lo que se siente al alcanzar una de tus grietas y colarte dentro.
Muchos no saben que encierras un mundo en la comisura de tu boca y que, allí, hay un precipicio desde el que puedes saltar hacia los laberintos que oculta tu cuello, y tu espalda, para perderte durante horas sumando tus lunares e intentando averiguar cuantos cuentos callan tus cicatrices.
Ellos no han podido recorrer el camino que va desde el glóbulo izquierdo de tu oreja hasta tu ombligo, y no han visto que, a un palmo de tu clavícula, existe el escondite perfecto para no ser visto o al menos, para no ver más allá de la felicidad que atesora tu sonrisa.
Y ellos, que viven ajenos a esa magia, que no saben qué es soñar toda la noche contigo y que ni si quiera alcanzan a comprender qué significa sentirse tuya con solo agarrarse de tu mano, ellos, tampoco pueden entender que al volver, y verte, también recupero una parte de mí que tienes más que ganada.

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